Es domingo a la noche y en Spotify suena un tema de Turizo. “De las heridas me he recuperado, se han borrado y ya estoy estoy sanado”, reza la letra. Sin querer, como si fuera un disparador, ese tema me hace rememorar historias de antaño.


Mi nombre es Ián Agustín y tengo 26 años. No es un tema menor para una persona que nació en un cuerpo de mujer.
Durante mucho tiempo mi vida transcurría en un mundo paralelo, como si fuera una fiesta a la que no estaba invitado y la miraba desde afuera.
Mi ciudad natal es Presidencia Roque Saenz Peña, en Chaco, pero soy un poco de acá y otro poco de allá. Mi infancia trascurrió en un pueblo llamado Tres Isletas, casi escondido en el mapa. La vida de un pueblo tiene esa magia de hacerte pertenecer a un siglo diferente al actual. Se juega en la calle y las casas no tienen rejas para protegerte. Eso sí, existen rejas que la sociedad impone, esa sociedad que no termina de evolucionar.


De pequeño me juntaba con los del barrio a jugar, pero mayormente jugaba con los varones al fútbol, con autitos o canicas, aunque a veces pasaba el rato jugando con las muñecas que me compraba mamá.


La primaria pasó sin problemas. Poco desarrollo físico y muchos juegos. El secundario fue un colegio técnico, lo que siempre se conoció como “de varones”. Joya! Ropa de grafa y zapatos negros. Muy masculino. Pero siempre la sociedad pone su bocadillo: para las galas y actos, las mujeres debían vestir faldas y camisa blanca. Suerte que el uniforme incluía la corbata gris. Era mi escape de lo femenino. Cuando llegaron los 15, no tuve problemas en usar un vestido, ni con que me pinten tanto como en las sesiones de fotos como para la fiesta. Es una fiesta social. Pero, cuando comencé a salir a los boliches con mis amigas, utilizaba camisas grandes con pantalones y zapatillas. Siempre viviendo en un mundo paralelo. Por fuera, una chica, por dentro, un chico.


A los 17 llegó la pregunta inesperada, de la persona menos esperada. “A vos, ¿te gustan las chicas?”, fue la lanza que tiró papá directo al corazón. “Si”, le respondí, y ese momento fue como si colisionaran los dos mundos que habitaban en mi. “Y bueno, se lo tenés que decir a tu mamá”, me contestó él. Difícil es explicar lo que sentí en ese momento. Como si el corazón tuviera el poder de transformar cada una de las células que habitaban mi cuerpo. Llega un momento en todo ser humano, donde el alma se parte en dos, y nos sentimos caer a un vacío sin fin. Ese era mi momento, el de enfrentar a mamá con mi realidad. Ella no lo aceptó, y era más que obvio que no lo iba a hacer. Las normas sociales la marcaron a fuego desde que nació, y yo estaba fuera de cualquier regla. Comenzó el derrotero por psicólogas, una tras otra. Y nada.

 

“A vos, ¿te gustan las chicas?”, fue la lanza que tiró papá directo al corazón. “Si”, le respondí, y ese momento fue como si colisionaran los dos mundos que habitaban en mi. “Y bueno, se lo tenés que decir a tu mamá”, me contestó él.

 


Y seguía cayendo en ese vacío interminable. Conocía a una persona con la que empecé a salir a escondidas, porque le daba vergüenza que la gente hable de nuestra orientación sexual. Pero no duró mucho pues no le agradaba la forma en que me vestía. Tenía la suerte que papá y mi hermano me aceptaron desde el inicio. Mamá lo fue asimilando de a poco. El dolor se aplaca tarde o temprano, depende del impulso de cada uno y de la esperanza que se siembre en el corazón para que dé frutos.
Y las cosas, sin querer comenzaron a cambiar. En 2013 comencé el profesorado de Educación Física. Para cuando cumplí 23 ya tenía en claro lo que quería: mi transición de mujer a varón. Era una decisión difícil, algo nuevo que no sabía cómo manejarlo. Si bien comencé a salir con una chica, la relación no duro mucho. A ella le gusta yo como mujer. Veía el exterior de mi persona, la fachada.
Ese mismo año, un compañero me preguntó si quería unirme al grupo de whatsapp de varones trans de ATTTA Corrientes para comenzar mi transición, algo que hice de inmediato.
Pronto se dieron cuenta que era nuevo. Sólo bastó que haga la primera pregunta para quedar en jaque: “¿Qué tengo que hacer para ser un chico?” Enseguida los chicos que estaban en el grupo me explicaron sobre mis derechos, mis posibilidades y me ayudaron a elegir mi nombre actual. Desde ese día empecé a militar por mis derechos y el de mis compañeros junto con los chicos del grupo.

 

Junto con Nico aprendimos a curar las heridas del alma. Porque así, como nos dolía nuestro propio dolor, aprendimos juntos a valorar el dolor del otro. Para que el amor sea con uno y con los demás.


Fue en ese grupo donde conocí a quién cambiaría mi vida. Después de enviar mi foto y presentarme en el grupo, un chico trans me escribió por privado para a ayudarme y comentarme mejor que debía hacer para empezar el proceso de transición. Su nombre, Nicolás. Al poco tiempo de conocerlo se formó una linda amistad que terminó convirtiéndose en una relación de 2 años y 8 meses. Fue gracias a él que mi familia pudo entender un poco más de que se trataba el proceso de transición y que amar a alguien del mismo género no es nada malo. Juntos aprendimos a curar las heridas del alma. Porque así, como nos dolía nuestro propio dolor, aprendimos juntos a valorar el dolor del otro. Para que el amor sea con uno y con los demás.
En Abril del año 2018 quise hacer la rectificación en el pueblo donde nací, pero no pude hacerlo ya que en el registro civil de Tres Isletas no estaban actualizados sobre ese tema, así que lo hice en la ciudad de Resistencia y así inicié el trámite de mi DNI. Para octubre me llegó la partida actualizada para obtención de mi DNI con mi nombre actual
En julio del mismo año comenzamos juntos los tratamientos hormonales y en diciembre nos hicimos la mastectomía. En el mismo año me inscribí en el profesorado de nivel primario en el instituto José Manuel Estrada ya con mi nombre actual, aunque no llegaba todavía mi DNI nuevo.
En septiembre del año pasado, formé parte de un grupo de básquet del cual soy referente, el cual participa en el TNI, un torneo de la inclusión LGBTIQ+, el que está formado por personas trans y cisgenero.
Ah!. Me olvidaba. Hace poco realicé un vivo en instagram del cual participaron mis familiares más allegados. Pero lo más importante fue la presencia de mis padres, especialmente la de mamá, que fue dejando atrás esa mochila cargada de piedras sociales que le impedían verme como realmente soy. Porque no fui ni soy un enfermo.

 

Tenemos que comprender de una vez por todas que sólo somos peregrinos de una multitudinaria procesión que nos hermana. Y en esta procesión que es vivir, algunos caen agotados. Y es nuestro deber como seres humanos, tenderle la mano al que está caído.

 

 

Soy un hombre trans. No soy el mejor ni el peor. Tampoco perfecto, porque los seres perfectos no existen. Los seres humanos debemos convencernos que no somos infalibles, ser menos soberbios con nosotros mismos y con los demás. Tenemos que comprender de una vez por todas que sólo somos peregrinos de una multitudinaria procesión que nos hermana. Y en esta procesión que es vivir, algunos caen agotados. Y es nuestro deber como seres humanos, tenderle la mano al que está caído.
Sin darme cuenta, Spotify dejó de sonar. Levanto la vista desde el sofá y veo a Nico escribiendo una historia parecida a la mía. Su cara denota algo de tristeza y melancolía. Su mirada desenfunda la necesidad de una caricia en el alma. Sé de su dolor y conozco el remedio. Hoy estaré allí para brindarle mi corazón. Porque el amor aliviana el peso del dolor.

 

 

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