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La bella diosa del mar Báltico, Yurati, vivía en el fondo del océano en un precioso palacio de ámbar. A Yurati no se le permitía amar a un hombre mortal, pues el dios de los rayos y los truenos, Percunas, se lo prohibió. Cuando Yurati se enamoró de uno, Percunas le quitó la vida al mortal de inmediato, arruinó el precioso palacio submarino y la ató con cadenas a sus escombros. Desde entonces, Yurati llora por su amor y sus lágrimas se transforman en el ámbar que puede recogerse en las costas de Lituania.

 

Puede que la historia de Yurati no sea una leyenda y aún esté viva en el alma de algunas personas, transformando día a día sus lágrimas en piedras preciosas.

Todo empezó cuando tenía 5 años. En el jardín de infantes me llamaba la atención el sector de juegos de las nenas. Siempre lleno de muñecas, vestidos y zapatos con tacones. Nunca salía al patio. Cuando sonaba del recreo, se me iluminaban los ojos: era el momento de entrar a ese mundo de fantasías y ponerme ropa de nena y tacones.

En casa era lo mismo. Esperaba a que mis hermanas mayores no estén para atacar sus roperos. Incluso me dedicaba a elegirle la ropa que usaban ellas para ir a misa los domingos. Y es que desde temprana edad fui muy detallista con los vestuarios.

La adolescencia fue una etapa muy dura en mi vida. No encajar en los grupos me llenaba de frustración. El bullying estaba en todos lados. Y más del lado de las chicas. En casa, igual. Mamá y algunos de mis siete hermanos que no lo podían entender. Aunque siempre lo oculté, era evidente que no era el clásico varón. Papá me sorprendió gratamente, ya que fue el primero en aceptarme sin hacer demasiadas preguntas.

 

Para tratar de pertenecer, salí con una chica. No funcionó. Tiempo después, apareció mi primer novio. Funcionó a medias. Mi vida era como un rompecabezas, con piezas de distintos juegos. Nada tenía sentido. Y muchas noches me acostaba llorando por no poder entender qué era lo que no estaba bien.

 

Y siempre estaban ellas. Las que me lastimaban y me humillaban. Siempre diciéndome que era fea, que no iba a conseguir nada en la vida, remarcando que no pertenecía a ningún lugar por mi elección.

Pasó la adolescencia y llegó la edad de los boliches. Papá fue siempre el que me apoyaba y me cuidaba. Nos juntábamos en la casa de alguien a vestirnos y maquillarnos, y era él el que nos llevaba y traía de las fiestas. Meses después de las primeras salidas me enteré de que nos esperaba en el auto desde que llegábamos hasta que salíamos de las fiestas para ver que no me pase nada.

Un día llegó una propuesta de la mano de un amigo: ¿Querés bailar en los carnavales de Chaco? Si te anotás, bailás en la última noche. Lo pensé un momento y le respondí que no me agradaba el hecho de que me vieran como un varón. Su respuesta me dejó atónito: “No hace falta que bailes como varón, yo soy transformista y te voy a lookear para que seas la bailarina más hermosa de la noche”. Creo que esa respuesta fue la pieza maestra que armaba el rompecabezas. Esa a partir de la cual el juego comienza a tomar sentido.

Así que nos preparamos, compramos algo de ropa, maquillaje y salimos nos preparamos. Pero faltaba lo más importante: el nombre que me iba a representar. Rápidamente recordé la historia de Yurati y de cómo se iban transformado sus lágrimas en esa piedra preciosa llamada ámbar. Así que ya estaba decidido, cambié una letra y le di vida a Amber Schelover. Una hora después estábamos en el corsódromo saliendo a la pista. No se puede explicar con palabras la alegría que envolvió mi corazón. Bailé como nunca lo había hecho en mi vida. Amber Schelover se había convertido en una piedra preciosa. Había conseguido lo que tanto anhelaba.

 

Rápidamente recordé la historia de Yurati y de cómo se iban transformado sus lágrimas en esa piedra preciosa llamada ámbar. Así que ya estaba decidido, cambié una letra y le di vida a Amber Schelover.

 

Los palcos estaban repletos de gente y, en uno de ellos, estaban ellas. Las que siempre me trataron de fea y tonta. Las que siempre me lastimaban y me humillaban. Allí estaban, mirando sin comprender cómo había llegado tan alto. Pasé frente a ellas, y simplemente les dediqué una sonrisa. Nada más.

El triunfo era todo mío. Recuerdo que esa noche me acosté llorando, pero esta vez eran lágrimas de alegría, de felicidad. Amber Schelover había nacido en mi vida.

Ya con fuerzas para enfrentar cualquier cosa, hablé con mamá y mis hermanos. Lo tuvieron que aceptar. Papá no fue un problema. El abuelo, tampoco, y eso que se lo dije el día en que conoció a mi pareja.

Hoy hago mi vida como Gabi. Estudio, hago mucha gimnasia y comparto con mis amigos. Las tristezas quedaron atrás. Amber, al igual que Yurati, se había convertido en una diosa, y desde ahora, cada lágrima que derrama se transforma en una piedra preciosa.

 

 

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